He pasado minutos esperando
Un
pichaque de grasa ensangrentada
Paso agitado de la gente
Sensación de sudor y olores de cosméticos baratos
Trazada la huella de un crimen
Por
una estrecha ventana del autobús veo muros, cables, alambres, rejas, basura, miedo,
desazón y desesperanza. Un abigarrado collage de cosas contrapuestas. Un agudo
corneteo me saca de mi ensimismamiento y vuelvo a lo mismo, la realidad. Me
levanto y como puedo abandono la destartalada camionetica, penetró en un denso
laberinto de máquinas humeantes. Me veo caminando de prisa, como quien quiere
desaparecer del lugar. Me llevo lo que vi como una interrogante, que no tiene
pregunta, que no tiene respuesta.
Todo
parece casual, que ocurre por vez primera. El asombro ya no existe y hasta la
muerte violenta se nos hecho común. Más adelante, vi como cubrían el cadáver de
un hombre asesinado en un altercado de lo cotidiano. Ya no existe crimen a sangre
fría, pues no hay cálculo ni premeditación, queda a veces la saña o lo fútil
del crimen, que mas bien surge de momento. Salta como las venas que se brotan
de la garganta cuando gritas un discurso con vehemencia y que sabes nadie
escucha. El crimen es banal y ha sido exacerbado por el entorno: el yugo que
abisagra el actuar de quienes viven en este paraíso.
El
puente que atraviesa el río ha perdido su garbo y ahora se asemeja a una vía pasajera, sin romanticismo. No hay tiempo para mirar, lo mejor es pasarlo
rápido y llegar al otro lado. Un caudal
de agua turbia y fétida, con un lecho colmado de basura es el paisaje que vamos
dejando atrás. El paso debe ser
apresurado como quien ignora o no quiere ver la degradación del ambiente en su
máximo esplendor. Al puente no se le puede llamar nuevo o con heroico título, pues
es de guerra, como todo lo que circunda la ciudad.
Es
hora de volver al refugio, las sombras de la noche son el escondite más seguro
de quienes envilecidos por el odio o la diversión perversa quieren probar como
es ver que la vida se apaga. Un diario sensacionalista da cuenta que van siete
víctimas de la violencia en ese día. Al lado, de las víctimas ensangrentadas en
la calle, una fotografía de una espectacular
“hembra” de formas voluptuosas y calientes, que muestra cómo se alimenta el
alma cuando estas en constante estado de crispación. Parece rito, todos esos
rostros mustios que veo a mi alrededor están pensando como esquivar el hosco
destino. Imagino enviando vibraciones ultra sensoriales para que la guadaña de
muerte desvíe su ruta y no los vea a ellos.
Poco
a poco se van vaciando las calles, quedan los faroles palpitantes, la luz parece
cómplice del terror. El escenario es perfecto para inducir al miedo. Camino, y
jadeante redoblo mi mirada hacía atrás, no vaya ser que el más próximo sea el
homicida. La inquietud me sobrecoge pues siento que el que va adelante me mira
por su retrovisor como su victimario. Así vamos todos en tormentosa fila, queriendo
ser el único transeúnte de este abandono llamado Caracas.
Edgar
Carrasco
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